365 días de felicidad

Fue un viaje eterno a Junín. Se sumaban la incertidumbre, los kilómetros, el estrés de tanto camino recorrido, un empate con sabor a poco en la final de ida.

Nunca fuimos candidatos en la teoría, pero este equipo de leones se había ganado en el epílogo del torneo un respeto tremendo. Emparejamos esa teoría en base a garra, corazón y también buen fútbol.

Lo de la gente Ferroviaria fue descomunal. Copando el Oeste en cada partido, y viajando de visitantes de a decenas, o cientos, como en el caso de Junín. ¡Había que estar! ¿Cómo no estar? Estábamos jugando la final por el ascenso a Superliga.
Y los hinchas de Central Córdoba conocemos bien nuestra historia; nunca nada nos resultó fácil.

El encuentro fue un verdadero parto, con un Sarmiento de Junín metiendo mucha presión y generando zozobra en el fondo Ferroviario. Tuvieron chances muy claras pero no estuvo fijn su goleador estrella, Orsini, sumado a una formidable actuación de César Taborda, quizá el héroe del ascenso por su desempeño en el reducido final.

Es que César no solo mantuvo la regularidad a lo largo del torneo, sino que su nivel aumentó en los momentos finales del reducido, y ni hablar de las finales, con dos atajadas impresionantes al gigante Orsini, una en el Oeste y la otra en Junín. Párrafo aparte para el penal atajado, que permitió que a la seguidilla de tiros desde los doce pasos la culmine el gran Alfredo Ramírez con su derechazo al ángulo.

¡Explosión!, ¡alegría!, ¡abrazos!, ¡llantos!, ¡incredulidad!… basta de cábalas, basta de especulaciones, basta de intentos de “enyetadas” por parte de los devaluados clásicos locales; esos equipos de barrio que lo habrán mirado pegaditos al televisor, sin poder creer que papá volvía a jugar en la máxima categoría del fútbol argentino. ¡Somos de primera!

Era el grito al unísono de las decenas de hinchas infiltrados detrás de un arco, otras decenas en zona de plateas, otras decenas ubicadas en palcos y cabinas de transmisión. Nadie pudo contener el festejo, que por suerte fue comprendido por la parcialidad local. Los abrazos continuaban dentro del campo de juego, en el vestuario, y nosotros, los hinchas que nos encontrábamos fuera del estadio decidimos ir al hotel de Junín a esperar a nuestros héroes para llevarlos en andas.

La ciudad era nuestra, la historia una vez más era nuestra. Y había que volver a casa en caravana, obviamente. Mal dormidos, muy cansados, con algún festejo encima, sabíamos que era peligroso, pero la hazaña lo merecía. Llegaban las imágenes desde Santiago, era una verdadera locura. ¡Cómo no vamos a volver a festejar con nuestra gente! Y así llegamos, destruidos físicamente, pero felices, emocionalmente en el pico máximo, todos juntos en caravana al corazón de la provincia, al Oeste a comenzar el merecido festejo que hasta hoy sigue!
365 días pasaron, el grito es el mismo…
¡Central Córdoba, un club de Primera!